Se haya padecido o no la enfermedad, la pandemia de COVID-19 ha tenido una gran repercusión en nuestra vida. La importante reducción de la movilidad debida, entre otros motivos, a las restricciones en el uso del vehículo privado ha sido una de las más llamativas. Desde su inicio, los profesionales sanitarios se han mostrado preocupados por las medidas preventivas que se debían poner en práctica en su interior para reducir el riesgo de contagio (uso de mascarillas, número y posición de los ocupantes, desinfección del vehículo…), medidas que parecen haber venido para quedarse durante un largo tiempo.

 

Riesgo al volante

 

La infección por coronavirus se expresa con un cuadro clínico de mayor o menor gravedad que altera la calidad de vida y puede afectar a la capacidad de conducir o agravar patologías previamente controladas elevando el riesgo de accidente de tráfico. Las principales manifestaciones son fiebre, tos, dolor de garganta, ausencia de gusto, debilidad muscular, SDRA (síndrome de dificultad respiratoria aguda), mareos, malestar, náuseas, diarrea, fallo renal. Algunas veces se acompaña de alteraciones cardiovasculares, del metabolismo de la glucosa, del nivel de conciencia, accidente cerebrovascular, neuralgia, visión borrosa, fenómenos trombóticos, fallo multiorgánico… los cuadros clínicos pueden ser leves (seguimiento domiciliario); grave (ingreso hospitalario); muy grave (UCI).

Otra inquietud la genera el posible deterioro que la propia enfermedad o las repercusiones sociales y económicas que la pandemia puedan producir sobre la aptitud psico-física para conducir. Los expertos en salud mental señalan un incremento del estrés, dificultades de concentración, insomnio, incremento del consumo de alcohol,etc., que afectan a todas las áreas de la vida y también pueden repercutir en la seguridad incrementando el riesgo de accidente.